El descubrimiento de Qubbet el-Hawa

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En 1799, las tropas napoleónicas llegaron a Asuán y allí la comisión de sabios dirigida por Vivan Denon documentó los monumentos visibles, entre las que estaban unas ¿catacumbas? situadas en una colina situada un poco más al norte y en frente de la ciudad de Asuán.

Las siguientes noticias que se tuvieron en Europa de la existencia de tumbas las proporcionó J. L. Burckhardt. En 1819, se publicaron las notas de un viaje que este orientalista suizo realizó seis años antes a la Baja Nubia. En ellas, se mencionaba la existencia de tumbas y templos en una colina frente a Asuán.[1]

Pasaron más de sesenta años hasta que se volvió a tener noticias de la necrópolis. Durante esas décadas, se descifró la escritura jeroglífica y se crearon las primeras cátedras de Egiptología en las universidades más prestigiosas de Europa, lo que permitió que el antiguo Egipto emergiera poco a poco del brumoso mar de la ignorancia. Los primeros egiptólogos no se centraron en las excavaciones arqueológicas sino en la recopilación de datos y de inscripciones en los monumentos que se encontraban libres de las arenas. Increíblemente, las excavaciones las llevaban a cabo toda clase de personas que se podían permitir los gastos derivados de ésta. Aunque en 1858, Auguste Maritte se encargó de dirigir el recién creado Servicio de Antigüedades Egipcio, la falta de especialistas permitió a los aficionados a las antigüedades continuar con las excavaciones, eso sí, cada vez con un mayor control.

En 1885, el General británico Grenfell tuvo noticias de que en el mercado negro de Asuán estaban apareciendo una serie de objetos antiguos que procedía de la cercana colina de Qubbet el Hawa. Tras solicitar el permiso pertinente al Servicio de Antigüedades, Grenfell ordenó a parte de sus tropas y a sus oficiales de ingeniería comenzar las excavaciones. El resultado de la primera campaña fue un auténtico desastre, ya que ninguna de las piezas llegó al Museo Egipcio de Bulaq.[2] El desconocimiento de lo que se estaba haciendo y la falta de escrupulosidad por parte de los militares ingleses seguramente convencieron a Grenfell de la necesidad de que un especialista supervisara los trabajos de campo. Éste ofreció al Museo Británico una parte de las piezas descubiertas a cambio de que uno de sus estudiosos colaborara en el proyecto.

En 1886, Wallis Budge, que acababa de conseguir su plaza en el departamento de Egiptología y Asiriología del Museo Británico, llegó a Asuán con la idea de elegir las piezas más interesantes que las excavaciones de Grenfell sacaran a la luz. Desafortunadamente para ambos, los descubrimientos de la segunda campaña apenas si llenaron algunas estanterías del Museo Británico. Sin embargo, sus descubrimientos fueron sobresalientes y de alguna forma escribieron el destino de la necrópolis durante los próximos cien años. Efectivamente, se sacaron a la luz más de una veintena de tumbas, algunas de las cuales no llegaron a excavarse (como la nº 33). Desde el punto de vista artístico, la tumba de Sarenput II[3] (QH31) sobresale entre muchas de las descubiertas en Egipto, ya que las pinturas de su tumba alcanzan unos altísimos niveles de perfección dentro del arte egipcio. Es más, en algunas de ellas aún se pueden observar las líneas que sirvieron a los artistas para diseñar las proporciones de las escenas, lo que se convierte en una herramienta insustituible en el estudio del arte egipcio.

Pero lo más importante para la recién nacida Egiptología fue el descubrimiento de dos importantes textos históricos. En tres tumbas se hallaron las biografías de gobernadores que administraron la provincia de Elefantina durante la VI Dinastía (2305-2159 a. C) y la XII Dinastía (1939-1760 a. C.). Las más antiguas fueron grabadas en las tumbas de Pepi-Najt (QH35)[4] y Sabni (QH26)[5] y en ellas se mencionan diferentes eventos que afectaron a la política internacional egipcia, principalmente en Nubia. La tercera, de la que se hicieron dos versiones,[6] se encontró en la tumba de Saraenput I (QH36)[7] y en ella se narra la llegada a lo más alto de la administración provincial por parte de esta persona que nada tenía que ver con los gobernantes que le precedieron en el cargo. Además, Sarenput I jugó un importantísimo papel en la organización y logística de la conquista de Nubia por parte de Sesostris I.[8] Pero, por diferentes motivos, estas inscripciones no aparecieron publicadas hasta casi una decena de años más tarde (cf. infra).

Seguramente, como los resultados de las excavaciones no fueron los deseados, Grenfell y el Museo Británico perdieron todo el interés por la colina. Pero el descubrimiento de las inscripciones de Sabni y Sarenput I se conoció pronto en los círculos egiptológicos.

En 1892, Ernesto Schiaparelli comenzó las excavaciones en la vertiente NE de Qubbet el-Hawa y poco después ya había desenterrado la tumba del gobernador Herjuf,[9] en la que halló algunas “mummie nel tempo romano”,[10] de las que nada se ha vuelto a saber. Sin embargo, Schiaparelli sacó a la luz una de las inscripciones más importantes de la Historia de la humanidad.[11] En la fachada de la tumba, se habían grabado los eventos que Herjuf consideró más importantes en su vida y que narraban principalmente sus viajes al interior de África y que tenían como principal objetivo el establecimiento de relaciones comerciales con el País de Yam (¿Kerma?). Por sí mismas, estas inscripciones eran importantísimas, ya que mencionaban la dinámica situación política, en las que se detectaba la presencia de diferentes sociedades de jefatura y su interacción con el Estado egipcio, así como la composición étnica de la Baja Nubia, hechos que, como posteriormente se comprobaría, fueron imposibles de determinar por sí solos a partir de la cultura material hallada en los numerosos yacimientos de la región. Pero además, Herjuf mandó reproducir una carta en la que la el rey Pepi II (2216-2153 a. C.) se dirigía al gobernador para que trajese a la corte el pigmeo que había traído en uno de sus viajes. Ello no sólo es importante desde el punto de vista de que se trata de la mención más antigua de esta etnia humana que vive en el actual Camerún, sino que demuestra las extensas redes comerciales que por aquel entonces ya había en África.

Schiaparelli continuó sus trabajos arqueológicos en otra tumba, aunque no sabemos cuál, ya que la descripción que dio fue muy superficial (¿quizá la 102?).

Poco después, llegó a Asuán la expedición que el Servicio de Antigüedades dirigido por Jacques de Morgan que tenía la intención de catalogar todos los monumentos e inscripciones egipcias desde Nubia hasta Siria-Palestina. Tan magno trabajo fue completado sólo en parte, el sur del Alto Egipto. El primer volumen que apareció incluía las tumbas de Qubbet el-Hawa y, por primera vez, se publicaron las inscripciones de Sabni, Pepi-Najt y Sarenput I, junto con las de Herjuf, [12] en éstas últimas corrigiéndose los numerosos errores que había cometido Schiaparelli. La comisión de De Morgan no realizó ninguna excavación en la zona, pero, primera vez se tuvo una visión detallada de la arquitectura y de las inscripciones de lo que hasta entonces estaba a la vista en Qubbet el-Hawa.

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En 1902, una aristócrata británica, Lady Cecil, gracias a su amistad con Howard Carter, por aquel entonces inspector del Alto Egipto del Servicio de Antigüedades, consiguió una concesión para excavar en Qubbet el-Hawa. Durante dos campañas, sin ningún conocimiento de la metodología arqueológica y con unas rudimentarias nociones del sistema de escritura jeroglífica y de la lengua egipcia, estuvo cavando en diferentes partes de la necrópolis. Se concentró principalmente en la vecina colina de Qubbet el-Hawa, conocida como Naga el-Qubba, aunque también desenterró algunas tumbas del yacimiento principal. El resultado de sus trabajos se plasmó en dos opúsculos[13] que carecían casi por completo de imágenes o de datos científicos (más allá de algunas notas descriptivas). Lady Cecil halló algunos objetos y tumbas que en la actualidad son reconocidos por su alto valor histórico, como el sarcófago de Heqata,[14] pero, tras dos campañas sin descubrimientos “espectaculares”, la aristócrata se olvidó del trabajo de campo.

Resulta difícil saber por qué no hubo más excavaciones en Qubbet el-Hawa durante más de cuarenta años. Quizá fueron las convulsas condiciones políticas que se vivieron en la esfera internacional o en el propio Egipto (la pseudo-independencia en 1922), quizá los esfuerzos de salvamento que se hicieron en la Baja Nubia para preservar los monumentos y yacimientos por la construcción de la primera presa de Asuán. Durante estos años se realizaron algunos estudios epigráficos y filológicos de las biografías encontradas en las tumbas de los gobernadores de la VI Dinastía y algún que otro trabajo sobre la inscripción de Sarenput I. El intento más serio para continuar los trabajos en la necrópolis partió de H. W. Müller,[15] que visitó el yacimiento y publicó detalladamente las tumbas ya descubiertas de los gobernadores y personajes importantes de la XII Dinastía. Este estudió serviría seguramente de base para preparar el trabajo de campo, pero el estallido de la Segunda Guerra Mundial truncó aquella iniciativa.

En diferentes campañas llevadas a cabo entre las décadas de 1930 y 1940, se halló en la vecina isla de Elefantina un templo dedicado a un gobernador del Reino Antiguo llamado Pepi-Najt, conocido también por Heqa-ib. En aquel momento, supuso el hallazgo más antiguo de una estructura de culto a un personaje que no era miembro de la familia real y que había sido divinizado al menos desde el Reino Medio. Las excavaciones las llevó a cabo Labib Habachi,[16] quien decidió buscar la tumba de este personaje en Qubbet el-Hawa. Entre 1946 y 1951, el investigador egipcio desenterró un complejo de decenas de enterramientos que se disponían alrededor de un gran hipogeo que perteneció a Heqa-ib. Lamentablemente, Habachi sólo llegó a publicar tardíamente el descubrimiento de una de las tumbas más importantes, centrándose principalmente en la biografía.[17] Sus notas sobre el resto de descubrimientos fueron mucho más tarde publicadas por Seyfried y Vieler (cf. infra). Sucedió lo mismo con la importantísima tumba de Setka (QH110), uno de los pocos ejemplos encontrados en Qubbet el-Hawa datado en el convulso Primer Periodo Intermedio (2150-2118 a. C). En el interior de la tumba se hallaron unas escenas[18] en las que se representaron a mercenarios nubios que participaron en las guerras de ese periodo.

En 1957, Elmar Edel, un egiptólogo especialista en filología retomó las excavaciones en Qubbet el-Hawa. Excavó prácticamente todos los años en la necrópolis hasta 1984. Sus trabajos tuvieron dos objetivos: desenterrar nuevas tumbas y excavar muchos de los hipogeos que habían sido descubiertos con anterioridad, pero no que habían sido completamente documentados.[19] El resultado de su investigación final no apareció definitivamente hasta diez años después de su muerte, gracias al empeño de dos de sus colaboradores, K. Seigfried y E. Vieler,[20] quienes compilaron las notas del mismo Edel y de L. Habachi y algunos textos del primero. Anteriormente, Edel había publicado algunas obras dedicadas principalmente a aspectos filológicos o funerarios de sus excavaciones,[21] aunque sin que se pudiera tener una imagen global de sus trabajos. En líneas generales, sus publicaciones tienen un fuerte componente filológico y descriptivo, aunque adolecen de estudios más concretos sobre la cultura material del yacimiento. En pocas palabras, se podría decir que el afán de Edel por descubrir más y más tumbas le impidió la publicación periódica de sus descubrimientos con el detalle deseado. Seguramente, aunque lo hubiese deseado, no hubiese podido hacerlo en solitario, ya que la cantidad de material es inabarcable.

Los últimos trabajos que se han realizado con anterioridad a los de la Universidad de Jaén fueron conducidos por el Consejo Supremo de Antigüedades (antes Servicio de Antigüedades). En concreto, a principios de la década de 1990, Mohy el-Din[22] realizó una excavación de urgencia a los pies de la necrópolis después de que accidentalmente se descubriera una tumba, que demostró que había una estratificación espacial que reproducía las diferencias sociales. Años más tarde, quizás en 1998, el Consejo Supremo de Antigüedades retiró la arena de un área al norte de la tumba de Junes (QH34h), donde apareció una iglesia de época copta (siglos XI-XII) que con total seguridad está relacionado con las estructuras de adobe que se pueden observar sobre la tumba QH34h.[23]

En 2003, un equipo italiano dirigido por la Dra. M. Al-Khouri, en el participó Jiménez Serrano desde 2006, realizó algunos análisis de pigmentos en la tumba QH90 y una prospección con geo-rádar que confirmó la presencia de nuevas tumbas.

Tras repasar brevemente los trabajos realizados con anterioridad al proyecto de la Universidad de Jaén, se pueden señalar los problemas que han surgido tras las diferentes y variopintas intervenciones en el yacimiento:

– Ausencia de estudios sistemáticos de la necrópolis, que permitan tener una visión global de los personajes allí enterrados, su posición social y su papel dentro de la administración local y nacional. Los trabajos que se ha realizado son muy concretos y están más relacionados con descubrimientos en otros yacimientos.

– Falta de un plan de trabajo que incluya la intervención de diferentes disciplinas.[24]

– Ausencia total de estudios preliminares que permitiesen el diseño de labores de conservación y restauración.[25]

– Ausencia de una cartografía del sitio.[26]

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

[1] (1819: 131).

[2] Budge (1920: 89).

[3] Gobernador del primer nomo de Egipto durante los reinados de Amenemhat II (1878-1843 a. C.) y Sesostris II (1845-1837 a. C). Sobre Sarenput II, cf. Simpson (1984: cols. 429-430); sobre su tumba, cf. Müller (1940: 62-88).

[4] Martin-Pardey (1982: col. 929). Sobre su tumba, cf. Edel (2008: 679-704).

[5] Sobre Sabni, cf. Edel (1984: cols. 322-323). Sobre su tumba, cf. idem (2008: 5-265).

[6] Una en el interior de la tumba y otra en la fachada. Difieren muy poco entre ellas. La razón principal de que se copiaran dos versiones está relacionado seguramente con el hecho de que Sarenput I no estaba muy seguro de sobrevivir a la terminación de las obras de su tumba. Sin embargo, sí lo hizo; de hecho, su tumba es una de las pocas que está completamente finalizada.

[7] Sobre Sarenput I, cf. Simpson (1984: cols. 428-429). Sobre su tumba, cf. Müller (1940: 15-53).

[8] Grajetzki (2006: 42-43); Török (2009: 79-92).

[9] Helck (1975: col. 1129).

[10] Schiaparelli (1892: 24).

[11] Edel (2008: 620-628, Taf. XXVI-XVIII)

[12] De Morgan et alii (1894: 141-201).

[13] Cecil (1903; 1905).

[14] Willems (1995).

[15] Müller (1940). Su estudio se centró en las tumbas (QH30, QH31, QH32 y QH36). No sabemos la razón de por qué no publicó la tumba QH28, del mismo periodo, que había sido descubierta por los hombres de Grenfell, aunque quizá en ese momento estuviera cubierta por la arena. De hecho, no aparece mencionada en el catálogo de De Morgan.

[16] (1985). Este estudio apareció después de la muerte de su autor.

[17] Se trata de la tumba de Sabni II, hijo del divinizado Heqa-ib, cf. Habachi (1981: 11-27).

[18] Cf. Edel (2008: 1730-1738, Abb. 5-7, Taf. LXXIV).

[19] Un cronograma completo de sus trabajos en Qubbet el-Hawa se puede consultar en Edel (2008: XX-XXIII).

[20] Edel (2008).

[21] Un listado de las numerosas publicaciones del autor acerca de la región de Asuán, se puede consultar en Edel (2008: CXLIII-CXLIV).

[22] (1994).

[23] Las excavaciones han continuado en 2010 por parte del Departamento de Arqueología Islámica del Consejo Supremo de Antigüedades y han conseguido retirar la arena en todo el edificio religioso.

[24] El único que incluyó en su equipo a una persona ajena a la Egiptología fue Edel, quien contó con la presencia de un antropólogo físico, cf. Rösing (1990). Se espera una publicación completa y específica del material óseo encontrado durante estos trabajos.

[25] Las únicas intervenciones que se han llevado a cabo han tenido un carácter de urgencia para evitar el colapso de dos tumbas: QH34h y QH35d. En ambos casos se han reducido a la aplicación de cemento que trataba de cerrar las fracturas naturales de la roca y que afectaban seriamente a la propia conservación de las tumbas.

[26] Edel (2008: Plan 1) publicó un plano con la localización de todas las tumbas de la necrópolis aunque en él sólo había una cota (punto 0).